Supongo que la historia no resulta demasiado nueva para aquellos que han seguido este blog (o alguna de sus antiguas encarnaciones): durante una serie de años me identifiqué con el ideario indie y supongo que lo “fui”, más en espíritu y colección de discos que en la carne. Después se produce una ruptura con dicha escena y digamos una reorientación hacia otras cosas. Comentándole esta historia a un psicólogo, no pareció estar demasiado de acuerdo con la idea de “ruptura”. Su pregunta fue si había dejado de escuchar música, leer y escribir sobre ella, escuchar la radio y demás, en fin, si quieren, toda la serie de prácticas y rituales que asociamos con esto o aquello. De modo que si hubo una ruptura, esta fue en contenidos (aunque sin todas las historias más o menos subjetivas, podemos decir que sustituimos unos por otros). Estos días he estado dándole algunas vueltas al asunto y tratando de conectarlo con un par de reflexiones: una es ajena, supongo que vista de muchas formas pero es aquella que dice que si uno fue un indie de mierda una vez, sigue siendo un indie de mierda toda su vida; la otra, propia, resulta de comprobar que en la práctica, los ídolos (de maneras distintas) pueden servir para sustituir algunas de las funciones que el indie tenía en diversos aspectos (por ejemplo, la música como compañía (allí mediante la representación de intimidad, aquí mediante la circulación de afecto), replay y playlist como ejercicio placentero (un tanto egocéntrico) donde aquello en lo que invierte uno emociona o intelectualmente, toma visos de ejercicio de representación de aquel uno cree puede ser o al menos como algo en lo que uno se reconoce o, por último, como coagulante que permite sostener todo tipo de variaciones, salvajes, entre estilos y propuestas sonoras, ya que uno no necesita descansar en aquellas (aunque supongo es un ejercicio que recompensaría más) en el día a día) y, bueno, quizá lo interesante del argumento, es si estos resultados no son necesariamente algo que se reduzca a la esfera de lo privado, sino que ambas propuestas musicales responden, cada una a su modo, en formas y prácticas culturales distintas a tensiones y desplazamientos en lo social, lo económico en el momento histórico. Pueden llamarlo postmodernismo, post-Fordismo, sobremodernidad, metamodernismo o como prefieran. Y ya advertimos, es una entrada que nos tomamos en serio pero que tampoco podemos tomarnos muy en serio, no porque no creamos que uno pueda comparar un estilo con otro sino porque trata de partir de lo propio para alcanzar reflexiones generales, y limitado a eso, es un poco una idiotez, uno por la vanidad del proyecto (construir el universo a mi medida), dos, porque la opinión y reflexiones sobre uno mismo están sesgadas y viciadas por precisamente, la reflexión y la interioridad. Pero como ejercicio de figuración puede resultar entretenido, aunque sea por notar simplemente, zonas de sombra y demás.


 Lo primero, si se supone es un ejercicio basado en la historia, es si estas formas surgen de similares momentos históricos. El término ídolo proviene de esta película, en teoría muy popular en Japón y que arrojó el término como algo que sirviera para agrupar comercialmente a los intérpretes adolescentes más o menos mainstream, más o menos blandos.

 


Pero el término toma sus connotaciones modernas con el concurso televisivo “Star Tanjo!” que comienza a partir de 1971, donde además de cantar, contaba la fotogenia y, cosa importante, las entrevistas, presentaciones y demás que se ofrecían durante el desarrollo del concurso para lograr un contrato discográfico (sí, ya ven las diferencias con las novedades televisivas…). Si tenemos que encarnar la definición en alguien lo podemos hacer en Momoe Yamaguchi. De modo que estamos alrededor de 1973.

    

El término indie, como tal, supongo que hay que aplicarlo en los 80, pero gustoso por incorporar todo de un modo retroactivo, se traga el after-punk y hasta ciertos grupos punk y rock de los setenta. Si quieren hasta The Velvet Underground. Pero sobre todo, asimilando, digamos, los espacios de posibilidad que después harían propios y surgieron en aquellos momentos: la autoedición, la distribución alternativa (listas de correo por ejemplo), los fanzines, la prensa especializada prestando atención a esta infraestructura y demás. De modo que de nuevo en la década de los 70.

 Y es una chorrada, pero por poner algún sitio histórico como punto de partida del postmodernismo, podemos situarlo a partir de la crisis del petróleo de 1973, cuando ciertas narrativas de progreso indefinido descubren que tienen pies de barro.

 Obviamente, hay gran cantidad de diferencias a todos los niveles entre, digamos, un estilo y otro. Pero a nosotros, nos gusta desde hace tiempo eso de hacer un análisis pseudo-figural, de modo que los “contenidos”, o lo que se suponen se dice o se pregona son los contenidos, podemos aparcarlos durante un momento, para concentrarnos en formas, figuras, motivos, sus interrelaciones como algo moldeado por el contexto: forma que imita al contenido, forma que refleja las tensiones, forma que anticipa o como un interfaz, forma que simplifica el mundo y nos permite contemplar o atisbar al menos, su dinámica.

 Todo el mundo tiene algunas ideas sobre lo que significa el postmodernismo, por ejemplo, que gusta del uso del pastiche, la ironía o el palimpsesto. El indie, al menos alguna parte concreta de lo que abarca dicho término en la actualidad, se puede definir como una música que vive de y en su colección de discos: uno busca posibilidades abandonadas, recrear escenas o esencias musicales o simplemente establecer un canon musical que refleje los gustos e intereses propios. Puede retrotraerse mucho en el tiempo, o simplemente reflejar otros discos indies recientes con los que se ha madurado. No demasiado alejado de lo otro según cómo se mire. Y esto nos dejaría con la muy peliaguda necesidad de encontrar esa tendencia dentro del conservadurismo mainstream en el caso de los ídolos japoneses. En su artículo “Transforamtions of Semantics in the History of Japanese Subcultures since 1992” el sociólogo Miyadai Shinji comenta lo siguiente:

 Contrary to what one may think, those who led the age of sex and stagesetting largely overlapped with those who started the trivia competition about anime and manga. Indicative of this is the fact that many creators and writers of pop song fan magazines (such as Yoiko no kayōkyoku or Remember), which were launched one after another starting in 1976, were fans of rock music just before. At the roots of both the nanpa type and the otaku type were high school students of elite Tokyo private schools who began eyecatching behavior as “games no one else can keep up with.” 

 Y no resulta demasiado difícil argumentar, los escritores de canciones para ídolos, por efecto (siendo fans del género) o por defecto (cantautores malogrados, compositores de grupos de rock que se deben buscar las castañas para llegar a fin de mes y demás), juegan también a escribir textos sobre otros textos, canciones sobre otras canciones, mundos intuidos en un riff desplazados a esta situación. Por ponerlo en plan jocoso, ahora todo el mundo hace fan fiction. O más en serio, los grandes relatos que trataban de dar sentido al mundo (el comunismo, la modernidad, por ejemplo) dan paso a las combinaciones y composiciones efímeras que puede hacer uno, de modo subjetivo, para interpretar la realidad circundante. Pero en fin, todo esto es muy grueso y muy general, y de todos modos, no nos interesa construir ese argumento a partir de nuestra experiencia propia. Pero, sin querer llegar a grandes conclusiones, podemos tratar de mirar algunos ejemplos, por ver que sucede. Este es el más reciente PV del grupo BiS (Brand new Idol Society) promocionando su primer disco para digamos un sello indie que se convierte en uno de los grandes de Japón (Avex):

    

BiS son un grupo desconcertante que se mueve entre el terreno de la pasión y la emoción rock, el discurso de la autenticidad de uno a través de sus emociones y la ironía sobre el mundo del espectáculo, la música y sí, los ídolos. A veces, incluso están en ambos terrenos a la vez, como cuando la música alcanza el punto más alto de emoción en el estribillo mientras ellas deciden seguir la (horrenda a propósito) coreografía:

    

Aunque quizá sea conveniente que aparezca la biografía por aquí. Digamos, que el origen del grupo surge cuando pour lui, una cantante menor, pero digamos “seria” en su propuesta dentro de la escena japonesa, se aburre hasta la muerte de la música que hace. De modo que decide divertirse y se crea un grupo idol a su alrededor.

    

Movimiento desde lo indie hacia lo idol.

 Otro ejemplo, el primer PV de Band Janaimon! que por lo visto en los comentarios “internacionales” entra en el conocido territorio de “WTF, Japan?”:

    

Sin conocimientos de japonés para entender los subtítulos, podemos afirmar que es una ensoñación sobre sus valores (ese final “we are not a band”) a través de la cultura popular: los doramas (chica ridiculizada en la escuela descubre un nuevo mundo a través de una chica ajena a su mundo, el mundo real apareciendo intentando o logrando quebrar ese mundo de posibilidad) o los programas de acción y monstruos (la transformación en un ser nuevo, combatiendo a monstruos que quieren separarlas, convertirlas en meras baterías que acompañen a sus panderetas, guitarras acústicas, teclados o melódicas). En fin, un “sinsentido”, una “idiotez”, un “¿qué mierda he visto?”, una cosa boba mainstream sobre la que descargar la ironía.

 Salvo que Misako, la chica del lunar, es la batería, desde hace unos cuantos años del grupo indie Shinsei Kamattechan:

    

Aquí los tienen en una entrevista con el NME. El guilty pleasure como índice de aquello que es digno o no de reflexión según nuestro sesgo ideológico, aquello que piensa o no, aquello que es progresivo o mundano, comercial o artístico. Uno se pregunta si el movimiento puede ser similar a la reacción de los neocon frente a los neoliberales, los segundos diciendo que el mundo está a merced de la dinámica del mercado y su complejidad, que las ideologías tradicionales no son aptas para adaptarse a la inmensidad del sistema, los primeros, manteniendo el mercado, pero decidiendo intervenir de forma moral sobre este, porque nuestros valores son los “correctos” a pesar de lo que diga cualquier otra fuente, científica, crítica, política o no. 

Dempagumi .inc tuvo este año dos momentos de colisión o solapamiento con el mundo indie. El imaginario del grupo es el de un otaku, alguien que está completamente sumergido en un mundo de consumo de formas culturales como anime, manga o videojuegos. Por ejemplo, algunos de los compositores de la música de las primeras canciones del grupo han compuesto canciones para videojuegos eróticos. Algunas de las letras han sido compuestas por creadores de videojuegos. De modo que llegamos a este single:

    

Compuesto por Wienners:

    

Donde ese magma de velocidad y referencias consumista del grupo (el edificio que captura sus imaginaciones es el Tokyo Sky Tree y las fantasías de negocio y turismo que embadurnaron los medios de comunicación llegando a ese momento del estreno coincidente en el tiempo con el lanzamiento de esta canción), se refleja en las derivaciones pseudo-progresivas del grupo indie, su voracidad estilística, su referencialidad a clichés reconocibles en la memoria de la escucha de discos (un riff de guitarra que despunta, estos o aquellos teclados, unos coros que se quedan flotando todo el día en tu cabeza), su en cierto modo irónica digestión de todo ese consumo de discos y la necesidad de construir su música a partir de tecnologías de comunicación como la cita y el canon, pero también, la necesidad de vindicarse a si mismos mediante la ejecución física a través de la interpretación de todo ese conglomerado musical. Por volver al terreno de la fan fiction, o si lo prefieren de la retromanía, quizá se pueda hacer la reflexión sobre si realmente el indie fue la avanzadilla de algo, pero en lugar del progreso y la modernidad, el anticipo de un mundo “sin” (algo que está por ver) monocultura. Por ejemplo, en este documental, se puede ver a Hyadain (compositor y arreglista para por ejemplo, Momoiro Clover Z o Dempagumi .inc) en el estudio virtual, y preguntarse si hay tanta diferencia entre alinear discos en la estantería o tracks en una ventana de la pantalla del ordenador:

    

Aunque la canción que compone el programa es esta, donde Yoshiki Risa, una de las más populares gravure idols, trata de mostrar de donde viene, cuáles son sus gustos, qué define su vida, etc.:

    

Por no dejar cabos sueltos, el segundo encuentro (en disco, en directo hubo otro) con el mundo indie, podría ser su versión de los Beastie Boys. Curiosamente, más allá de la versión de la canción, consiguieron una pequeña serie en una televisión local donde recreaban el mundo del videoclip de aquella canción: ellas (que adoran el Yaoi) convertidas en los protagonistas, su ambiente: las series de televisión de acción norteamericanas de los setenta (o al menos sus reposiciones y su consumo durante la infancia, de nuevo el factor personal y la mediación del consumo) y por ser fieles a la idea, sus voces dobladas por expresivos actores masculinos creando un híbrido entre el imaginario del producto norteamericano y el público japonés.

   

 (Mientras estamos con el asunto de Momoiro Clover Z, su peor single estaba compuesto por uno de los tipos de The Go! Team):


 El grupo es BABYMETAL, una unit de Sakura Gakuin que eclipsa en repercusión mediática, aunque no necesariamente en ventas, al grupo madre. Esta unit descansa sobre la, en teoría, chocante idea de la colisión de mundos entre el metal y los ídolos, y en la práctica, mucha de sus canciones o sus PVs descansan sobre una misma figura, si quieren la chica adolescente, que se desplaza entre distintos mundos sonoros (metal, pop, rap, techno) únicamente hilvanados por su presencia (no necesariamente por su personalidad).

    

Que puede ser una fantasía muy recurrente en el mundo del anime (por volver al PV de Band Janaimon! las chicas en la escuela que en sus ratos libres acaban con monstruos mágicos, interestelares o interdimensionales), pero que también es una fantasía muy querida en otros ámbitos, una misma subjetividad discurriendo por mundos inconexos de amigos, trabajos, familia, creencias, presencia online y demás. El compositor de la canción es del grupo COALTAR OF THE DEEPERS:

    

Y por no hacernos eternos, este grupo es Lyrical School anteriormente conocido como tengal6:

    

El productor del grupo es Tofubeats. En una curiosísima crítica por parte de un indie al disco de debut de tengal6, que logró la ira del productor, el crítico se desvivía por deslindar aquello que consideraba trascendente, los sonidos, la producción, el autor, de lo contingente, las letras y rimas de las chicas, de aquello que consideraba obsceno y amoral, su patrocinador (una empresa de productos eróticos para chicas) y la imagen de la supuesta excitación de los fans masculinos por esa asociación de ideas. Curiosamente, si uno decide tomar esa postura, puede tratar de analizar el punto de vista y el tipo de recreación visual en el PV de Lyrical School para confirmar sus sospechas. Y después compararlas con la imagen de la chica en este PV del propio Tofubeats. Supongo la mayor diferencia es que aquel las chicas dicen algo, en este no. Justamente lo que abogaba el crítico indie (una cosa bien curiosa por la que abogar ¿no?)

   

 Una posible pega a esta lista, es que refleja en parte esa idea (en formación, pero evidente), de que en la música idol hay grupos e interpretes conservadores en lo musical mientras otros son progresivos. Es decir, unos son productos comerciales (más o menos potables) mientras los otros tienen mérito artístico. Historia conocida también.